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Publicado en GREF 15 abr 2015

Si te cepillas los dientes papa te comprará la Playstation

Es innegable que para salir de la tan comentada crisis deberemos hacer algo, pues de lo contrario la lógica nos dice que todo seguirá igual. (O no, porque si algo tiene esta crisis es que ha tenido picos de ilógica no conocidos jamás hasta ahora). Dentro de las actuaciones a emprender se encuentran, evidentemente, las concernientes al mercado laboral.

No es el objetivo de este artículo debatir sobre algunos aspectos ciertamente importantes y que están en el centro de la controversia: si es necesario o no abaratar el despido, si deberíamos adoptar las políticas de la flexiseguridad danesa o la posibilidad de reducción de jornada alemana, porque sería demasiado atrevido intentar abordar tan complejo tema.

Lo que si me gustaría comentar en estas cuatro líneas es la importancia de la formación dentro de nuestro sistema laboral. Y digo dentro del nuestro y no de cualquier sistema laboral porque entiendo que el papel de la formación en el tejido empresarial español sigue siendo especialmente débil.

No es el objetivo de este artículo debatir sobre algunos aspectos ciertamente importantes y que están en el centro de la controversia: si es necesario o no abaratar el despido, si deberíamos adoptar las políticas de la flexiseguridad danesa o la posibilidad de reducción de jornada alemana, porque sería demasiado atrevido intentar abordar tan complejo tema.

Lo que si me gustaría comentar en estas cuatro líneas es la importancia de la formación dentro de nuestro sistema laboral. Y digo dentro del nuestro y no de cualquier sistema laboral porque entiendo que el papel de la formación en el tejido empresarial español sigue siendo especialmente débil.

Ninguno de los lectores de esta revista debe necesitar ser convencido de la importancia de la formación. Aprender, y especialmente aprender a hacer algo, a hacerlo bien, a sacarle provecho, es una de las cosas que a título personal más deberían satisfacer a cualquiera.

Sin embargo, los que nos dedicamos a este mundo de los recursos humanos sabemos de la dificultad que representa conseguir que nuestros empleados se formen. Y cuando digo que se formen no quiero decir que hagan la formación, sino que aprendan, que disfruten haciéndolo, que le saquen partido y que aprecien el valor de adquirir habilidades, ampliar conocimientos, profundizar en técnicas, o visto desde otro punto de vista, de ganar empleabilidad.

Y para conseguirlo se ponen en práctica estrategias de lo más diverso que cuando las conceptuamos no sabemos si solucionan el problema o lo empeoran. Algunas son del tipo incentivar la formación y en este sentido días atrás algunos colegas me comentaban que en sus compañías era un tema contemplado en sus políticas.

Sí, estamos hablando de pagar por aprender a hacer mejor las cosas. No quiero tampoco entrar a debatir la compensación de las horas dedicadas a formación, sino la política de pagar por curso superado. En el contexto familiar sería algo así como “si te cepillas los dientes, papá te comprará la Playstation”. Seguramente el chaval se cepillará los dientes con ilusión y ahínco, pero no sé yo si esta es una buena estrategia para educar y enseñar la verdadera importancia de las cosas.

Por otro lado están las estrategias del tipo “voy a contar las veces que te has lavado los dientes y ya veremos que pasa”. Claro esta te lleva a tener que preguntar cada vez si se ha lavado los dientes, a controlar cuantas veces lo ha hecho del total de posibles, a calcular porcentaje y a hacer un escalado de logro (se ha lavado los dientes un 75% de las ocasiones y por tanto es mejor que un 65% o que no lavárselos).

A mi entender estas formas de proceder pueden ayudar en algún momento, pero se me antoja una forma antinatural de hacer las cosas. No conseguiremos que la formación cobre la importancia extraordinaria que tiene (y que otros países tienen clarísima) hasta que se integre como una herramienta estratégica de y para el negocio en el sistema laboral, empezando por las propias empresas.

Igual que la educación de un niño es algo integrado y global (todo lo que ve, todo lo que percibe, en definitiva, todo lo que siente y vive es lo que conforma el sistema de valores del niño), la formación debe formar parte de una realidad integrada y global de la gestión de recursos humanos en la que su importancia se viva más que se exija.

Nuestros empleados deben entender, a partir de vivirlo en su día a día, que aprender es un requisito básico para la supervivencia laboral a través de la empleabilidad. Y para ello es crucial el papel y la importancia que la misma empresa da a su formación y los “mensajes” que envía respecto a ella (si su sistema de gestión da valor a formarse frente a no formarse; si sus promociones tienen que ver con lo formado que estás; si sus managers viven la formación de sus colaboradores como algo “añadido” al negocio o necesario para el negocio, etc.)

Si además los responsables de recursos humanos no trabajamos para ello, cuidando la calidad de la misma, buscando la eficiencia frente al virtuosismo y teniendo en cuenta las necesidades del negocio y de los empleados, no esperemos que estos perciban que es importante formarse, y aún más dramático, no esperemos que nuestro país viva las políticas de formación como algo estratégico para su competitividad a corto o medio plazo.

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